El apóstol Pablo nos enseña en su primera epístola a los tesalonicenses que, cuando uno predica el evangelio lo que debe buscar es el bienestar de las ovejas y no el bienestar propio. Que el verdadero amor es entregarse por completo a las actividades de Dios, sin esperar nada a cambio de los hombres. Pues quien nos paga es Dios, quien dicho sea de paso paga abundantemente.
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