El apóstol Pedro termina su epístola a los exiliados creyentes con la exhortación de que practiquen un amor fraternal limpio. Nos exhorta a que no permitamos ni mucho menos promovamos actos deshonestos y que desagraden a Dios dentro de la congregación. Que tengamos un amor y un afecto limpio y sincero por los hermanos y las hermanas, para que, con nuestro ejemplo, los de fuera quieran entrar a la casa de Dios.
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